No hay timbres, pero sí latidos

El aula se queda en silencio, pero el verano hace que todo palpite de nuevo

(Homenaje a todos los Docentes de la CARM)

El aula, antes colmada de voces, de continuos ruidos de cierres de cuadernos y libros, el sonar de timbres, las prisas… ahora ha quedado en silencio. Las sillas y mesas -ahora perfectamente ordenadas e inmóviles-, guardan la memoria de un curso vivido, mientras la pizarra descansa, liberada de esquemas y conceptos. Y las voces que durante diez meses la llenaron se han ido volando, como pájaros en libertad.

La puerta, abierta hacia adentro, ya no espera alumnos, pues ha llegado un nuevo verano. La naturaleza se cuela por las ventanas entreabiertas: el canto de los pájaros, el sol calentando las baldosas, el aroma de lo silvestre que reemplaza al del papel y el rotulador.

El aula, despojada de su rutina, se transforma. Ya no es un lugar de esfuerzo, sino un refugio para la calma. El Docente, que tantas veces habitó este espacio en tensión, lo contempla ahora invadido por la paz y la tranquilidad.

El verano ha tomado posesión. Por fin ha llegado el merecido y necesario tiempo de descanso. El aula, vacía de personas, pero colmada de aire nuevo, se convierte en un espacio de plenitud.

Las prisas y el ruido han cesado, y un silencio amable lo envuelve todo, marcando el preludio de un descanso merecido. El aula se ha transformado: ya no es un lugar de reglas y normas, sino un rincón de libertad.

El Docente sonríe al ver cómo la vida entra y lo abraza con promesas de quietud y tardes sin reloj. Se fueron los alumnos, sí, pero llegó el verano. Y con él, la alegría de dejarse llevar.

Las paredes, antes testigos de explicaciones y aprendizajes, ahora reposan en silencio. Sobre el escritorio, el último papel quedó inmóvil, como una bandera blanca que anuncia que ha llegado el descanso. Las cortinas se balancean suavemente, como si festejasen la llegada del nuevo estío. Todo respira con otro ritmo, más lento, más humano, más cálido.

Ya no hay timbres que marquen el tiempo, ni campanas que anuncien carreras por los pasillos. Solo queda la luz jugando entre los pupitres y la promesa de días sin urgencias. El aula, en su quietud luminosa, se convierte en un pequeño remanso de paz. El Docente, libre de horarios, listas y burocracia, se permite simplemente ser. Afuera, el mundo florece, y dentro... también.

¡Feliz verano, compañeros Docentes!

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