La noche de las noches: Totana se llena de luz y esperanza en la solemne Vigilia Pascual en la Parroquia de Santiago el Mayor

La parroquia de Santiago el Mayor de Totana vivió en la noche del Sábado Santo la celebración más intensa, profunda y significativa de todo el calendario litúrgico: la Vigilia Pascual. Una celebración que no se entiende como un acto aislado, sino como la culminación del Triduo Pascual iniciado el Jueves Santo con la institución de la Eucaristía y continuado el Viernes Santo con la pasión y muerte del Señor.

Se trata de una noche única, considerada por la tradición de la Iglesia como la “madre de todas las vigilias”, en la que la comunidad cristiana vela en espera de la Resurrección de Cristo, fundamento de la fe y de la esperanza. En este contexto, los fieles totaneros se congregaron para participar en una liturgia larga, rica en símbolos y profundamente transformadora, estructurada en cuatro grandes momentos que recorren toda la historia de la salvación.

Antes del inicio, el párroco, D. Francisco José Fernández, invitó a los asistentes a vivir la celebración con calma y profundidad, recordando que no se trata de una ceremonia breve, sino de una experiencia espiritual que exige abrir el corazón para dejar que Dios actúe en cada persona.

El lucernario: la luz que vence a las tinieblas

La celebración comenzó en un ambiente de silencio y oscuridad, evocando el mundo sin Cristo, sumido en la noche del pecado y la muerte.

En la entrada del templo tuvo lugar la bendición del fuego nuevo, símbolo de la luz divina que disipa toda oscuridad. A partir de ese fuego se encendió el cirio pascual, signo visible de Cristo resucitado, luz del mundo que guía a la humanidad.

El párroco grabó sobre el cirio la cruz, las letras griegas Alfa y Omega —que expresan que Cristo es el principio y el fin de todo— y el año en curso 2026, junto con los cinco granos de incienso que representan las llagas gloriosas del Señor.

A continuación, el cirio fue llevado en procesión por el templo, mientras se proclamaba en tres ocasiones la aclamación “Luz de Cristo”, a la que los fieles respondían: “Demos gracias a Dios”. La luz fue transmitiéndose de unos a otros a través de las velitas que se habían repartido a la entrada hasta iluminar toda la iglesia, creando una imagen de gran belleza que simboliza cómo la fe se difunde y transforma la oscuridad en esperanza compartida.

Este primer bloque culminó con el canto del Pregón Pascual, un antiguo himno que proclama con solemnidad el misterio de la Resurrección y recorre la historia de la salvación.

La liturgia de la Palabra: memoria viva de la historia de la salvación

Tras el lucernario, la celebración continuó con la liturgia de la Palabra, un extenso recorrido por las grandes intervenciones de Dios en la historia.

A lo largo de siete lecturas del Antiguo Testamento, la asamblea fue reviviendo momentos clave como la creación del mundo, el sacrificio de Abraham, el paso del Mar Rojo —figura del bautismo— y las promesas de los profetas. Cada lectura fue acompañada por su salmo y una oración, creando un ritmo pausado que favoreció la meditación.

Durante esta parte, el templo permaneció en penumbra, recordando el silencio de la muerte de Cristo. Sin embargo, tras la última lectura, la celebración alcanzó uno de sus momentos más esperados: el canto del Gloria.

En ese instante, la iglesia se llenó de luz, sonaron las campanas y se desbordó la alegría contenida durante los días previos. Como gesto destacado de este año, se desplegaron en la torre de iglesia las pancartas de “Feliz Pascua”, una iniciativa de la Cofradía de Jesús Resucitado y la Virgen de la Alegría que reforzó visualmente el anuncio de la Resurrección.

Finalmente, se proclamó el Evangelio, culmen de toda la liturgia de la Palabra, anunciando que Cristo ha vencido a la muerte.

Homilía: “Si Cristo ha resucitado, es para que viva”

Uno de los momentos más intensos de la celebración fue la homilía, en la que el párroco ofreció una profunda reflexión conectando la tradición de la parroquia con la vida concreta de los fieles.

Comenzó con el saludo pascual: “Feliz Pascua de Resurrección. Ha resucitado el Señor. Verdaderamente ha resucitado.”

A partir de ahí, evocó una antigua inscripción conservada en el artesonado del templo, una sencilla oración de más de 400 años que resume la fe de generaciones: “Si Cristo ha resucitado, es para que viva.”

El sacerdote subrayó con fuerza esta idea: “No es para que lo admiremos, ni solo para que lo creamos, sino para que viva.”

Desde esta afirmación, desarrolló un mensaje profundamente actual. Recordó cómo la liturgia de la noche había recorrido la historia de la salvación: desde la creación —cuando Dios vio que todo era bueno— hasta la irrupción del pecado, que introdujo el desorden y la muerte en el mundo.

En este contexto, explicó que muchas veces las personas viven como si estuvieran en un sepulcro, buscando sentido en lugares de muerte:
“A veces estamos muertos en vida, atrapados por la desilusión, la amargura, los fracasos o el peso de las preocupaciones.”
Frente a esa realidad, el mensaje de la Pascua es claro y directo. Igual que el ángel anunció a las mujeres que el Señor había resucitado, y el propio Jesús salió a su encuentro diciéndoles “Alegraos”, también hoy se dirige a cada persona: “Alégrate, porque tu vida tiene sentido. Alégrate, porque hay esperanza. Dios sigue cumpliendo su palabra en ti y en mí.”
El párroco invitó entonces a los fieles a mirar a su propia vida y preguntarse: “¿Dónde ha salido el Señor a tu encuentro?”
 
Ese “primer amor”, vivido quizá en una oración, una celebración, un retiro o una experiencia concreta, es el lugar al que hay que volver en los momentos de dificultad.

Siguiendo el Evangelio, recordó la invitación de Jesús a ir a Galilea, interpretándola como la llamada a regresar al origen de la fe para reencontrarse con Él.

Asimismo, animó a vivir el presente con esperanza: “No miremos al pasado con sufrimiento ni al futuro con ansiedad. Vivamos el hoy con la certeza de que Cristo camina con nosotros.”

La homilía concluyó con un fuerte impulso misionero. Si Cristo ha resucitado y se ha convertido en el verdadero tesoro de la vida, no puede quedarse en algo privado: “Si lo hemos encontrado, demos pistas a otros para que también puedan encontrarlo.”

Finalmente, invitó a toda la comunidad a seguir creciendo como una parroquia abierta, acogedora y evangelizadora, donde Cristo se haga presente en la Eucaristía, en la palabra, en la caridad y en la vida compartida.

Liturgia bautismal y eucarística: participación en la vida nueva

Tras la homilía, tuvo lugar la liturgia bautismal. En esta noche santa, se bendijo el agua que se utilizará durante todo el año y los fieles renovaron sus promesas bautismales, reafirmando su fe y su compromiso cristiano.

El gesto de la aspersión recordó a todos su propio bautismo, como participación en la muerte y resurrección de Cristo.

La celebración culminó con la liturgia eucarística, centro de toda la Vigilia Pascual. En ella, la comunidad participó plenamente en el sacramento que hace presente a Cristo resucitado, en un clima de profunda gratitud y alegría.

Despedida: agradecimiento, comunidad y alegría pascual

Antes de finalizar, el párroco dirigió unas palabras de agradecimiento a todos los que hicieron posible la celebración, destacando especialmente al coro parroquial por su dedicación y esfuerzo, así como a las cofradías, voluntarios y colaboradores.

También puso en valor el trabajo conjunto de toda la comunidad y recordó que las procesiones y tradiciones de la Semana Santa tienen su verdadero sentido cuando nacen de la fe vivida en la liturgia.

En un tono cercano y esperanzador, animó a seguir trabajando unidos: “Tenemos retos, pero también grandes logros. Este partido lo vamos a ganar.”

Asimismo, invitó a vivir con alegría la cincuentena pascual, un tiempo de celebración continua en el que no hay lugar para la penitencia, sino para el gozo.

Una noche que renueva la fe

Con esta celebración, Totana volvió a vivir la noche más importante del año cristiano, una vigilia que no solo recuerda un acontecimiento pasado, sino que actualiza la presencia viva de Cristo en medio de su pueblo.

Una noche de luz frente a la oscuridad, de vida frente a la muerte, y de esperanza frente al desaliento, que deja en el corazón de los fieles una certeza profunda: Cristo ha resucitado… y sigue vivo hoy entre nosotros.

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