El 7 de enero como seña de identidad de Totana

Después de leer y escuchar con atención algunos argumentos sobre la "adaptación" de nuestra romería a los tiempos modernos me considero capacitada para dar mi opinión públicamente. Creo que algunos confunden comodidad con tradición. Precisamente lo que hace que la Romería de Santa Eulalia sea un hito en el calendario no es su facilidad para ser encajada en la agenda, sino su capacidad para detener el tiempo en un mundo que no para.

Para mí y para mi familia, el 7 de enero no es solo una fecha, sino un baluarte que debemos proteger.

La tradición no es "ocio", es identidad.

Si trasladamos la romería al sábado más cercano por "conveniencia laboral", dejamos de celebrar una tradición para pasar a organizar un evento de fin de semana. Las fiestas que se mueven por conveniencia terminan convirtiéndose en festivales genéricos, perdiendo ese carácter sagrado de "día señalado". El 7 de enero es el día de "La Santa" en el ADN del totanero; si lo movemos, estamos diciendo que nuestro empleo o nuestro horario mandan sobre nuestra fe y nuestra historia.

He leído a quien dice que es difícil pedirle a alguien que se coja el día en el trabajo. Pero, ¿no es precisamente ese esfuerzo lo que da valor a la devoción? La tradición se mantiene viva cuando el pueblo hace un paréntesis real en su vida. Ir a la romería un sábado, cuando de todos modos no trabajas, es fácil. Ir un 7 de enero, pidiendo el día o haciendo el esfuerzo de volver a casa, es una declaración de amor a Totana. Lo que no cuesta, termina por no valorarse.

Puede que históricamente no, pero en la última centuria, que no es poco, el 7 de enero marca el fin del ciclo navideño en Totana. Es nuestro "punto y aparte", "un regalo de Reyes". Al moverlo al sábado, rompemos la coherencia del calendario festivo local. Ese día tiene un simbolismo de despedida y de retorno de la Patrona a su casa tras habernos acompañado en las fiestas. No es una fecha puesta al azar; es la fecha en la que Totana, como cuerpo colectivo, decide que la Navidad ha terminado y lo hace acompañando a su Patrona.

Cuando una fiesta se traslada sistemáticamente al fin de semana, corre el riesgo de masificarse con gente que busca la "fiesta" (gastronomía, bebida) pero no la "devoción" ni el silencio del camino. El 7 de enero actúa como un filtro natural: quien sube ese día, sube porque siente a Santa Eulalia. El sábado puede dar lugar a la "turistificación", al botellón y a la aglomeración de quienes ven en el monte un simple recinto ferial, desvirtuando la fraternidad auténtica que algunos mencionan.

Hay quien argumenta que la romería ha cambiado de fecha en el pasado. Es cierto, pero aquellos cambios fueron orgánicos y lentos. Cambiarla hoy, en la era de la inmediatez, suena más a una capitulación ante el ritmo frenético del momento que nos ha tocado vivir que a una evolución natural. Si seguimos adaptando todo a "lo que nos viene bien", llegará un momento en que no quede nada genuino a lo que adaptarse.

La generosidad de la que se habla también reside en respetar el legado de quienes nos precedieron y supieron mantener el 7 de enero contra viento y marea. Cada vez que subo el 7 de enero a La Santa, vienen conmigo mis abuelos, El Narváez con su camión cargado de chiquillos y un rollo de pan colgado en la parte trasera del remolque, mi primo Agustín Sarabia tirando cohetes, la niña que fui y que como vivía en Cartagena nunca fue al colegio ni al instituto el día 7 de enero, y supongo que como a mí le pasará a mucha gente más. No se trata de ser menos "fraternos" con los que no pueden venir, sino de mantener encendida una llama que sea lo suficientemente fuerte como para que, quien realmente quiera, encuentre el modo de estar allí.

La Santa no merece un "hueco en la agenda de fin de semana"; merece que el pueblo de Totana se detenga por Ella.

María Rosa Mulero Sandoval

Noticias de Totana