Martín Cánovas Sarabia, el general de división que nunca dejó de sentirse totanero

Nació en Murcia, pero cuando en Madrid le preguntan de dónde es responde siempre lo mismo: "de Totana". Hijo de padres totaneros, pasó aquí sus vacaciones desde niño, se casó en la iglesia de Santiago el Mayor y ha mantenido durante toda su vida una estrecha relación con su pueblo. Su carrera militar le llevó desde los aviones Junkers de Alcantarilla hasta los puestos de mayor responsabilidad del Ejército del Aire, pasando por los Canadair de lucha contra incendios, el Estado Mayor del Aire y el programa de reorganización de las Fuerzas Armadas.

Hay biografías que se pueden resumir en una sucesión de cargos, ascensos y destinos. La de Martín Cánovas Sarabia, sin embargo, necesita algo más. Detrás del uniforme y de los galones hay una historia profundamente vinculada a Totana, una carrera desarrollada durante décadas en el Ejército del Aire y, sobre todo, una colección de recuerdos y anécdotas que permiten conocer también al hombre que hay detrás del general.

Martín Cánovas Sarabia tiene 87 años. Nació el 9 de enero de 1939 en Murcia. Él mismo se apresura a matizar el dato cuando se le pregunta por su lugar de nacimiento. "Yo nací en Murcia", explica, pero inmediatamente añade que toda su familia era de Totana: sus padres, sus antepasados y, posteriormente, también su mujer. Desde pequeño, además, su padre lo llevaba al municipio durante las vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. "El único que nació en Murcia fui yo, y eso yo diría que fue casi un accidente. Así que yo me considero totanero."

Sus padres fueron Andrés Cánovas y Dolores Sarabia, ambos naturales de Totana. Durante sus estancias en el municipio pasó buena parte de sus vacaciones en la calle Murcia, también conocida entonces como calle de Antonio Garrigues y Díaz-Cañabate, en la casa de su abuela Ana Josefa y junto a sus tíos Bautista y Eusebia. En Madrid, cuando alguien le pregunta de dónde es, responde sin dudar que de Totana.

Un alumno aventajado con una memoria extraordinaria

La vocación militar no surgió de la nada. En su familia ya existía un ambiente relacionado con las Fuerzas Armadas. Su padre fue sargento primero de la Guardia de Asalto y posteriormente de la Policía Armada, mientras que su hermano Andrés siguió también la carrera militar y llegó a retirarse como coronel. Martín recuerda a su padre como un hombre serio de cara, "pero por dentro se reía del mundo. Y a mí me pasa eso también. Puedo ser mal encarado, pero yo, a mi manera, soy divertido."

Antes de entrar en la vida militar cursó el Bachillerato en el Colegio de La Merced de los Hermanos Maristas de Murcia. Él mismo reconoce que era un alumno aventajado, aunque no atribuye sus buenos resultados a un esfuerzo extraordinario, sino a lo que define como una especie de memoria fotográfica.

Su rutina de estudiante tenía un detalle muy particular. Su padre se levantaba el primero y le preparaba un tazón de sopas —leche caliente con pan— mientras él hojeaba rápidamente las asignaturas de aquella mañana. "Miraba las dos o tres asignaturas, las hojeaba y al colegio." Su padre, acostumbrado a verlo obtener buenas notas, incluso se extrañaba cuando aparecía un siete en el boletín: "¿Qué ha pasado?"

La Academia General del Aire y el príncipe Juan Carlos

Martín Cánovas ingresó en la Academia General del Aire de San Javier y formó parte de la XIII promoción de caballeros cadetes del Servicio de Vuelo. Durante su etapa en la Academia coincidió con quien entonces era el príncipe Juan Carlos de Borbón, que estaba un curso por delante dentro de la formación que realizaba en los distintos ejércitos.

Lo recuerda con una anécdota que resume bien el ambiente de aquellos años. Un compañero granadino se acercó al entonces príncipe y le dijo: "Alteza, ¿un cigarrillo Marlboro?" Y le dio su cigarrillo. "Simpatiquísimo, agradable. Yo diría que en aquella época hasta infantil, pero alegre, muy simpático. La única cosa es que le decíamos Alteza, pero nada más."

El 15 de julio de 1959 fue promovido al empleo de alférez y el 13 de julio de 1961 obtuvo el despacho de teniente del Arma de Aviación, Servicio de Vuelo, con los títulos de Piloto de Guerra y Observador de Aeroplano.

Alcantarilla, los Junkers y el recuerdo más triste de su carrera

Frente a lo que pudiera indicar algún documento biográfico, Martín es claro sobre su primer destino: Alcantarilla, con los Junkers. De esa etapa conserva un recuerdo agradable y otro muy triste.

Durante una visita de oficiales de varios países, varios aviones realizaron una pasada en formación. Al ir a aterrizar, uno de los aviones tocó en el ala al otro. Cayeron y ardieron. "Ahí murió mi amigo Amaro Egea Cuenca, de Alcantarilla, y catorce más." Décadas después, Martín continúa identificando aquel accidente como el momento más triste de toda su carrera militar.

Su trayectoria continuó por la Escuela Básica de Pilotos de Matacán, la Escuela Militar de Paracaidismo Méndez Parada, la 203 Escuadrilla de Transporte, la Escuela de Polimotores de Jerez de la Frontera y la Academia General del Aire de San Javier, donde ejerció como profesor. Más adelante estuvo destinado en el Escuadrón de Alerta y Control número 7 en Mallorca, y posteriormente cursó la Escuela Superior del Aire en Madrid.

Valladolid y los Caribou

En el Ala 37 de Fuerzas Aéreas, en Villanubla (Valladolid), ejerció la jefatura del Grupo de Vuelos y posteriormente la jefatura de Plana Mayor. Allí tuvo contacto con los aviones Caribou y conserva un buen recuerdo de aquella etapa.

Los Canadair, Canadá y un pie en Estados Unidos

Uno de los capítulos más singulares de su trayectoria llegó con su paso por el 43.º Grupo de Fuerzas Aéreas, la unidad encargada de la lucha contra los incendios forestales mediante aviones anfibios Canadair CL-215, de los que fue coronel jefe desde la primavera de 1990 hasta comienzos del verano de 1992.

La relación con la empresa fabricante le permitió viajar a Canadá en varias ocasiones. "Los representantes de Canadair, que son los que hacen estos aviones, pues digamos que les interesaba tenerme contento, puesto que era el jefe de la unidad que había en España de apagafuegos. Y me llevaban a Canadá gratis et amore, gastos pagados y de todo."

Durante una de aquellas visitas realizó una aportación concreta a la configuración del avión. Observó que en los modelos turbohélice, la forma de la palanca de mandos obligaba al piloto a realizar un movimiento poco natural al aplicar potencia, lo que podía comprometer su posición durante el despegue. Propuso modificar el ángulo de la palanca para poder meter motor sin necesidad de ese movimiento. Los técnicos de Canadair aceptaron la sugerencia y realizaron la modificación.

Y de aquellos viajes conserva también una historia más sencilla y divertida. Estando en Montreal, comprobó que la frontera de Estados Unidos estaba cerca. Se acercó a pie, sacó su documentación militar y explicó al agente en inglés que nunca había estado en Estados Unidos y que le gustaría al menos poner el pie. "Me abrieron la barrera, pasé, puse mi pie en Estados Unidos y volví a salir. Pues muchas gracias. Ya he estado en Estados Unidos."

La reorganización del Ejército del Aire

En marzo de 1993, ya como general de brigada, fue nombrado jefe de la División de Organización del Estado Mayor del Aire, participando en el programa ORGEA (Organización del Ejército del Aire).

La metodología fue práctica y directa. Junto a su vecino en el Estado Mayor, Manolo Murcia, recorrió los distintos organismos del Ejército del Aire: "¿Oye, y ustedes qué hacen? ¿Y cuántos son aquí? Muy bien." El resultado fue la desaparición de numerosos organismos que consideraban innecesarios. "Nos cargamos un montón de organismos que no servían para nada", recuerda con una expresión especialmente gráfica.

Idiomas, ordenanzas y la incorporación de la mujer

A lo largo de su carrera realizó numerosos cursos y obtuvo distintas titulaciones: Observador de Aeroplano, Piloto de Avión de Guerra, Vuelo Instrumental, Especialista en Defensa Aérea, Cooperación Aeroterrestre, Diploma de Estado Mayor del Aire y Capacitación para el Ascenso a General, entre otros.

En cuanto a los idiomas, habla y escribe inglés con fluidez, puede leer el francés sin problemas y entiende el hablado si van despacio. En cuanto al alemán, explica la razón por la que no lo aprendió: quiso prepararse para un destino como agregado en la embajada española en Bonn, empezó a estudiar la lengua, pero alguien le advirtió que el puesto ya estaba dado. "A los cuatro días nombraron a un tal Bernal. Con lo cual, al alemán dije, pues adiós."

También participó en los trabajos de elaboración de las Reales Ordenanzas del Ejército del Aire y en el grupo que abordó la incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas. Recuerda aquel proceso con naturalidad: "No hubo problema ninguno."

Condecoraciones

Su carrera estuvo acompañada por diversas distinciones: tres Cruces de la Orden del Mérito Aeronáutico, además de la Cruz, la Placa y la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo. Sobre estas últimas es preciso: "Esas no obedecen a ningún mérito, salvo a que has estado X años de servicio sin tacha, sin arrestos y sin nada. Cuando llevas tantos años, te dan la Cruz, luego la Placa y luego la Gran Cruz. Esas son por permanencia en el servicio sin tacha."

Mercedes, la suegra y una boda que forma parte de la memoria del pueblo

En medio de una vida marcada por destinos y aviones, Totana ocupó siempre un espacio propio. Allí se casó en 1962, cuando todavía era teniente, con Mercedes Coutiño Navarro, en la iglesia arciprestal de Santiago el Mayor. "Era muy guapa, de jovencica, de novios, de casados y de recién casados."

El noviazgo tiene su propia historia. Cuando regresaba desde Alcantarilla en autobús para ver a Mercedes, solía quitarse la guerrera antes de entrar en Totana. "Nunca me gustó hacer alarde de uniforme en el pueblo, entonces me bajaba del autobús, me quitaba la guerrera, porque oficialmente no podíamos ir de paisano, y yo llamaba a la puerta. 'Doña Petra, ¿está Mercedes?'"

La boda se aceleró gracias a una maniobra de la suegra. Doña Petra, viuda, y su hermana Luisa, soltera, anunciaron que querían ir a Roma a ver al Papa, lo que convenía que se acelerara el proceso con las amonestaciones —una cada semana durante tres semanas. Recuerda que tenía quince mil pesetas. Le compró una pulsera a Mercedes —"que luego perdió, preciosa"—, pidieron a la novia, se casaron y los llevó al aeropuerto Salva, el hijo de Eliseo, el taxista, que los trasladó a Alicante y al día siguiente a Mallorca. "Pero la abuela Petra y la tita Luisa nunca fueron a Roma a ver al Papa. Y yo siempre he imaginado por qué."

La boda dejó también un malentendido que aún circula en la memoria del pueblo. Varios vecinos recuerdan un pasillo de sables a la salida de la iglesia. Martín lo desmiente con humor: "La imaginación del pueblo. El Ejército del Aire nunca ha utilizado sables más que para los desfiles. El arma de gala es la daga, esa pequeña daga de origen alemán, de marfil, con un cordón dorado. Pero lo que es el imaginario..."

De aquel matrimonio nacieron cuatro hijos: María Dolores, Andrés, José Antonio y Martín. Ninguno siguió la carrera militar.

Viajes, Italia y el Big Ben

La carrera militar le permitió conocer distintos países: Inglaterra, Canadá, Francia, Italia y la Guayana Francesa, donde en la base aeroespacial de Kourou conoció al cirujano Maurice Bessodes, con quien mantuvo una gran amistad.

Entre todos los lugares que ha conocido, hay uno que ocupa un lugar especial: Italia. "Roma, Florencia y Venecia son una maravilla. Ese es el que más."

De Londres también guarda un recuerdo divertido: una conversación con un amigo del pueblo al que le preguntó si sabía qué era el Big Ben. "Dice: 'Hombre, el reloj de la torre de Londres'. Digo: 'No, el Big Ben es la torre de Londres, no es el reloj'."

Lecturas, deporte y el golf en buggy

Martín ha sido un gran aficionado a la lectura y a la prensa diaria. Entre sus autores preferidos figura Miguel Delibes —especialmente La hoja roja— y las novelas de Agatha Christie, en particular las protagonizadas por Hércules Poirot y Miss Marple. También figura entre sus referencias Fernando Lázaro Carreter. Y junto a la literatura, otra afición confesa: las películas del oeste.

En el terreno deportivo, practicó fútbol y posteriormente tenis. Ahora el golf ocupa sus ratos de ocio, aunque con matices. Cuando está en Madrid acude al campo de la Base Aérea de Torrejón, donde hace nueve hoyos en buggy. Su médico amigo José María Román le convenció de no dejarlo: "Mira, no lo dejes porque mueves el esqueleto, mueves las piernas, mueves los brazos. Bueno, pues sí."

La salud a los 86 años

Martín habla de su estado de salud con la misma naturalidad con la que habla de todo lo demás. Ha pasado una neumonía, un neumotórax que lo tuvo internado un mes —"por eso no pude venir a Totana cuando falleció mi padre"—, le quitaron la vesícula y tiene artrosis en la cadera izquierda. Por eso va con bastón, aunque matiza: "Voy con el bastón más que nada porque debo tener tocadas las cervicales y a veces pierdo un poco la estabilidad, pero a mí no me duele nada."

A su farmacéutica habitual en Madrid, que siempre le pregunta cómo está, le da siempre la misma respuesta: "Siempre os digo lo mismo, que me quede como estoy."

Totana como punto de referencia y una calle que no quiere

Aunque su residencia habitual está en Madrid, Totana continúa siendo el lugar al que regresa en Navidad, Semana Santa y verano. Uno de sus amigos habituales cuando está en el pueblo es Joaquín, "el Pajero", con quien suele sentarse en La Ibense, frente al Banco Santander, a charlar.

Fue precisamente el Pajero quien le planteó la posibilidad de que Totana le dedicara una calle. La respuesta de Martín combina la modestia con el humor: recordó que por algún barrio del pueblo vio en su día una "calle Arturo Lafuente". "¡Por Dios, calle Arturo Lafuente! Como si calle Pepito Pérez. Hombre, qué menos que poner calle General Lafuente, ¿no?" Y cuando el Pajero insiste, Martín concluye: "Sí, para que me pongan como Arturo, que en paz descanse. Calle Arturo Lafuente."

Una vida entre los aviones y Totana

La trayectoria de Martín Cánovas Sarabia permite recorrer varias décadas de la historia de la aviación militar española. Desde los Junkers de Alcantarilla hasta los Canadair apagafuegos; desde sus primeros destinos operativos hasta las responsabilidades del Estado Mayor del Aire; desde la formación como piloto hasta su participación en las Reales Ordenanzas y en la reorganización del Ejército del Aire.

Pero cuando se deja a un lado la larga relación de destinos, cursos y condecoraciones, queda una historia mucho más sencilla. La de un niño que desayunaba sopas mientras repasaba las lecciones, que conoció al príncipe Juan Carlos en la Academia, que vivió uno de los episodios más dolorosos de su carrera en Alcantarilla, que puso un pie en Estados Unidos por pura curiosidad y que incluso dejó su pequeña huella en los aviones Canadair.

Y, sobre todo, la de un hombre que, pese a haber pasado gran parte de su vida profesional lejos de su tierra, nunca tuvo dudas cuando le preguntaron de dónde era.

De Totana.

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