La verdad sobre las contracturas: ni nudos, ni bolas, ni músculos que hay que “descargar”

Seguro que alguna vez has sentido el cuello, la espalda o cualquier otra zona especialmente tensa o dolorida. Y si encima has acudido a un profesional buscando ponerle fin, probablemente hayas escuchado alguna de estas frases: “Tienes una contractura”. “Estás muy cargado”. “Tienes aquí un nudo”. La escena suele continuar de una forma muy convincente: el profesional coloca sus manos sobre la zona, presiona diferentes puntos hasta encontrar uno especialmente doloroso y, casi sin dudarlo, llega la explicación: “Aquí está”. La contractura.

La explicación resulta tan intuitiva que pocas veces nos preguntamos qué significa realmente. Imaginamos una pequeña porción del músculo que se ha quedado contraída, endurecida o formando una especie de bola bajo la piel. Si conseguimos localizarla, parece lógico pensar que después podremos relajarla, deshacerla o liberarla. El problema aparece cuando la ciencia intenta comprobar si nuestras manos son realmente capaces de encontrar esas supuestas contracturas con la precisión que creemos. Y, hasta ahora, los resultados no son demasiado convincentes. Cuando diferentes profesionales exploran a una misma persona, no siempre coinciden al localizar las mismas bandas tensas o puntos. Y hay algo todavía más importante: que un lugar duela cuando lo presionamos no demuestra que hayamos encontrado una zona del músculo con mayor tensión. Dicho de otra forma, podemos encontrar un punto que duele, pero eso no significa que hayamos encontrado un “nudo” en el músculo.

Con nuestras manos no podemos decir con certeza que un músculo está “más o menos cargado”. Podemos encontrar una zona especialmente sensible o reproducir el dolor de una persona, pero convertir esas sensaciones en una medida de la tensión muscular es dar un paso que la ciencia, hoy en día, no permite dar. Durante años hemos construido alrededor de esta idea un relato muy convincente: “aquí tienes una bola o un nudo”, “este músculo está cargadísimo”, “tienes la espalda súper cargada”. Son expresiones tan habituales que muchas personas han terminado interpretándolas como si fueran diagnósticos objetivos. El problema no es encontrar un punto que nos duele, sino la certeza con la que a veces nos dicen que han encontrado una contractura, un nudo o un exceso de tensión cuando sus manos, por sí solas, no pueden demostrarlo.

¿Quiere decir esto que tocar con las manos no sirve de nada?

Palpar o tocar con las manos puede ser útil. Nos permite conocer dónde siente dolor una persona, comprobar si una presión reproduce sus síntomas, explorar determinadas estructuras y obtener información durante una valoración. Pero de ahí a afirmar que nuestros dedos pueden determinar qué músculo está “más cargado”, dónde existe exactamente una contractura o qué punto presenta un aumento de tensión hay una distancia considerable.

A día de hoy cuando se ha estudiado si diferentes profesionales son capaces de encontrar con sus manos las mismas supuestas “contracturas”, los resultados han sido realmente pobres. Esto debería hacernos reflexionar sobre algo muy sencillo: podemos detectar que un lugar duele, pero eso no significa que sepamos exactamente qué está ocurriendo debajo de nuestros dedos.

Y si todavía piensas: “pero yo cuando me toco noto un bulto”, hay una explicación.

El cuerpo humano no es una superficie uniforme. Bajo nuestros dedos encontramos piel, tejido subcutáneo, fascias, músculos, tendones y prominencias óseas, todos ellos con formas y consistencias diferentes. Los propios músculos presentan relieves y espesores distintos. Además, nuestras manos tampoco son instrumentos de medición: las yemas de los dedos son redondeadas y lo que percibimos puede cambiar dependiendo de la dirección y de la presión con la que palpamos.

Por eso podemos presionar una zona dolorosa y tener la sensación muy convincente de haber encontrado una pequeña “bola” o un “nudo”. La sensación que notamos es real, lo que no podemos asegurar es que nuestra interpretación también lo sea. Notar algo bajo nuestros dedos, por tanto, no demuestra que exista una bola de fibras musculares contraídas esperando a que alguien la “deshaga”.

Entonces ahora te estarás preguntando, vale entiendo que no se formen “bolas” o “nudos” pero yo siento los músculos tensos, o sensación de rigidez ¿Esto es normal?

Claro que es normal, pero cuestionar la explicación tradicional no significa negar aquello que sentimos. Veras después de muchas horas trabajando, de entrenar más de lo habitual o simplemente pedirle a un músculo un esfuerzo al que no está acostumbrado, podemos percibir perfectamente una zona como cansada, tensa o dolorida. Esa experiencia es real y forma parte de la manera en que nuestro cuerpo nos proporciona información sobre su estado. Es como si nos enviase un correo electrónico con su estado, pero lo hace con los métodos que posee. A veces será un correo puntual que desaparecerá cuando cambien las circunstancias. Otras veces, si seguimos exponiéndonos día tras día a los mismos esfuerzos o estímulos, es posible que nuestro cuerpo continúe enviándonos ese mismo correo de forma recurrente. Y en otras ocasiones, esos mensajes pueden aparecer sin una causa tan evidente. Lo importante es entender que sentir tensión o rigidez no implica necesariamente que exista algo físicamente “rigido” en el músculo, sino que es una de las formas que tiene nuestro organismo de comunicarnos cómo está respondiendo en ese momento.

¿Y el masaje es la solución a mi problema?

Ya sabemos que no existe necesariamente un nudo que tengamos que deshacer, pero eso no significa que un masaje no pueda hacernos sentir mejor. Puede disminuir temporalmente el dolor, y recalco lo de temporalmente, puede generar relajación y resultar enormemente placentero. Y sabemos por qué ocurre. Cuando tocamos, presionamos o masajeamos una zona, nuestro cuerpo recibe esos estímulos y puede hacer que durante un tiempo la sintamos menos dolorida o más relajada. También influye estar tranquilos, sentirnos cómodos o esperar que aquello nos siente bien. Todo esto puede explicar esa sensación de alivio sin necesidad de pensar que alguien ha encontrado un “nudo” y lo ha deshecho con sus manos.

Poco a poco podemos acabar interpretando cada sensación de tensión como la señal de que algo vuelve a estar mal y necesita ser corregido desde fuera. Y aquí sí conviene ser claros: si un profesional únicamente te habla de “descargar”, “liberar tensión” o “quitar contracturas” y la única solución que te ofrece es volver cada cierto tiempo para hacerte exactamente lo mismo, quizá deberías preguntarte si está cuidando tu salud o asegurándose tu próxima visita.

Un buen profesional no debería hacerte sentir que necesitas sus manos cada pocas semanas para estar bien. Debería aspirar a algo más que aliviar el dolor que tienes hoy: ayudarte a comprender qué te ocurre, enseñarte a manejarlo y, cuando sea posible, buscar estrategias para que ese dolor te condicione menos y para que, poco a poco, dependas menos de él y más de ti mismo. Porque el objetivo de un profesional sanitario debería ser mejorar tu salud, no convertirte en un cliente permanente.


Germán Cánovas Ambit es fisioterapeuta y Doctor por la Universidad de Murcia. Actualmente, compagina su actividad clínica con la docencia como profesor contratado de sustitución en la Universidad de Murcia y la investigación como investigador asociado al IMIB-Arrixaca.

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