Bienvenidos al nuevo problema de la salud: todo está “científicamente demostrado”

Nunca habíamos tenido tanta información sobre nuestra salud al alcance de la mano. En apenas unos minutos podemos encontrar consejos sobre qué comer, cómo entrenar o qué suplemento tomar y, curiosamente, también podemos encontrar recomendaciones completamente opuestas: “el colágeno funciona” y “el colágeno no sirve para nada”, “correr desgasta las rodillas” y “correr es bueno para ellas”. Lo sorprendente es que casi todos estos mensajes pueden enseñarnos algún artículo científico que aparentemente les da la razón el famoso “avalado científicamente”. Hemos aprendido que la palabra ciencia aporta credibilidad y, precisamente por eso, nunca se había utilizado tanto.

Llevamos una biblioteca prácticamente infinita en el bolsillo. El problema ya no es encontrar información sobre nuestra salud, sino saber qué información merece nuestra confianza.

Lo primero que debemos saber es que un estudio científico no es un certificado de verdad.

Un estudio científico puede incluir veinte personas o veinte mil, estar mejor o peor diseñado y encontrar un resultado que investigaciones posteriores no consigan reproducir. Por eso, tener un estudio que apoye una afirmación no significa necesariamente tener la razón.

La ciencia funciona precisamente acumulando resultados, confrontándolos y comprobando si diferentes investigaciones llegan a conclusiones similares. Por eso deberíamos aprender a distinguir entre “un estudio ha encontrado” y “la evidencia disponible indica”. Parecen expresiones similares, pero entre ambas puede haber años de investigación.

Y aquí aparece uno de los grandes problemas de la información sobre salud: es relativamente fácil encontrar el estudio que dice aquello que queremos escuchar. Si existen cincuenta investigaciones sobre un suplemento y escogemos únicamente las tres con resultados más favorables, podremos decir que “hay estudios que demuestran que funciona”. Y esos estudios existirán. El problema es que estaremos ignorando los otros 47. Seleccionar estudios que nos dan la razón no es lo mismo que representar lo que dice la ciencia.

La ciencia tiene sus propias reglas, y no siempre las conocemos

Desde fuera, dos artículos científicos pueden parecernos prácticamente iguales: ambos están publicados, contienen estadísticas y utilizan un lenguaje especializado. Sin embargo, pueden existir enormes diferencias en su calidad y en la confianza que podemos depositar en sus conclusiones. Por eso en la ciencia no basta con encontrar un artículo que apoye una afirmación.

La ciencia rara vez ofrece respuestas absolutas, pero Internet, en cambio, premia justo lo contrario: mensajes rápidos, sencillos y, sobre todo, seguros. Lo que en un artículo científico puede ser “se observó una pequeña mejoría”, fácilmente termina convertido en boca de alguien interesado en “CIENTÍFICAMENTE DEMOSTRADO”.

Y aquí aparece un problema especialmente difícil de detectar: el estudio puede ser real y los datos también, pero no necesariamente la conclusión que nos están vendiendo. Encontrar una asociación no demuestra que una cosa cause la otra, y observar un efecto en un laboratorio no significa automáticamente que vaya a producirse de la misma manera en una persona.

Unas pocas preguntas pueden cambiar lo que creemos

No podemos pretender que cada persona que lee una noticia sobre salud conozca estadística, epidemiología o metodología de investigación. Pero tampoco hace falta. La próxima vez que alguien nos asegure que algo está “científicamente demostrado”, quizá baste con hacernos unas pocas preguntas. ¿Todo se basa en un único estudio? ¿Quién me está contando esta información tiene la formación necesaria para interpretar realmente ese estudio? ¿Me están presentando un pequeño avance o un descubrimiento que, supuestamente, cambia de golpe todo lo que creíamos saber? Esta última debería hacernos especialmente cautos. La ciencia rara vez avanza dando giros de 180 grados. Los nuevos estudios suelen añadir pequeños matices, corregir una parte de lo que sabíamos o hacernos entender algo un poco mejor.

Y añadiría una última pregunta que nunca está de más: ¿quién gana dinero si yo me creo esto? Que exista un interés económico no convierte automáticamente una investigación en falsa, pero conocer quién vende el producto o quién se beneficia de una determinada afirmación también aporta información. Quevedo lo escribió hace siglos: “poderoso caballero es don Dinero”.

El problema ya no es encontrar información

Durante siglos, acceder al conocimiento no fue sencillo. Hubo generaciones para las que aprender a leer era un privilegio y conseguir un nuevo libro podía suponer un verdadero esfuerzo. Hoy el problema es casi el contrario: leer, escribir o encontrar información está al alcance de prácticamente cualquiera. La dificultad ya no está en acceder a la información, sino en saber distinguir qué es fiable y qué no. Siempre aparecerá una nueva dieta, un suplemento imprescindible o un tratamiento revolucionario que promete ser justo lo que necesitamos nosotros o alguno de nuestros seres queridos. Y muchas veces, con la mejor de las intenciones, querremos compartirlo para ayudarles.

Mi recomendación final es sencilla: recuerda dudar un poco más cuando aquello que te cuentan supone un giro de 180 grados respecto a lo que sabíamos hasta ahora, cuando quien te lo cuenta no tiene formación sobre el tema o está relacionado con aquello que intenta venderte, y cuando detrás de esa recomendación no encuentras el respaldo de ninguna institución sanitaria, sociedad científica o colegio profesional.

Podemos seguir saltando de una moda a la siguiente, convencidos cada pocos meses de haber encontrado la dieta, el suplemento o el tratamiento definitivo. O podemos detenernos un momento, hacernos unas pocas preguntas y decidir con algo más de criterio. Porque informarnos mejor también es una forma de cuidar nuestra salud y la de quienes queremos.


Germán Cánovas Ambit es fisioterapeuta y Doctor por la Universidad de Murcia. Actualmente, compagina su actividad clínica con la docencia como profesor contratado de sustitución en la Universidad de Murcia y la investigación como investigador asociado al IMIB-Arrixaca.

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