El monaguillo del alcalde

Sus piernas corrían veloces y apresuradas, de forma automática, mientras la mente aún intentaba encajar el golpe. Las lágrimas viajaban por los surcos de sus mejillas como gotas de agua fugaces en un día de lluvia. Ni siquiera la multitud que se empezaba a concentrar conseguía aminorar su carrera. Solo cuando ya alcanzaba el centro geográfico del lugar, ante la farola, tuvo que detenerse. Y es que aquella figura familiar, de manos grandes, rugosas y acogedoras, lo había agarrado de la chaqueta y lo había retenido bajo su custodia, como quien da con un tesoro extraviado. Entonces, inmóviles, incrédulos, contemplaron la escena de corazones rotos y almas quebradas.

Y lloraban el monaguillo y el alcalde, porque había muerto Juan José. Lo vieron partir, mientras las gentes volvían a casa y se hacía el silencio. Como dos vencejos cualesquiera, posados sobre un balcón, se quedaron juntos bajo el cielo de la plaza. Y desde allí siguen esperando, cada madrugada, la vuelta de un viejo amigo.

Un año sin Juan José Cánovas. Un año sin él, que no regresa porque nunca se fue.

Justo Cánovas

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