Hace unos pocos meses, vino a hacerme una visita a Murcia un amigo de Irán, le enseñe algunos de los encantos de nuestra región, como la catedral de Murcia, el puerto de Cartagena, las playas de Mazarrón y como no podía ser de otra manera nuestra entrañable Sierra Espuña. Recorrimos la umbría de Peña Apartada, subimos hasta la cumbre de las cunas, cruzando por un espeso encinar y disfrutando de las vistas a uno y otro lado de esta elevación montañosa.
Al finalizar la ruta, como casi siempre en uno de los bares cercanos a Aledo, le pregunté que le había sorprendido del paseo y con cara de sorpresa y preocupación me dijo algo que no esperaba: “Me ha sorprendido su silencio”. “¿Es qué no hay animales en este bosque?” Aun siendo primavera, en las más de 2 horas del recorrido, ni olimos, ni vimos, ni oímos ningún rastro animal.
El pasado Octubre se publicaba en National Geographic una preocupante noticia, informando que en los últimos 50 años se habían perdido casi el 75% de las especies salvajes del planeta, se han “perdido” o han “desaparecido” o “ha disminuido la población”, no dejan de ser viles eufemismo para edulcorar una espeluznante realidad: La acción del hombre está acabando con la mayoría de especies, por alteración, contaminación o haciendo desaparecer los ecosistemas de manera sistemática.
¿Dónde están las nubes de insectos en torno a las manchas de agua que se veían hace 30 años? ¿Dónde están los grillos, las mariquitas, los saltamontes, las langostas, las luciérnagas o las libélulas que se observaban antaño? ¿Os acordáis de las mariposas de colores que llenaban de colores nuestros campos? Los ratones de campo, los topillos, las liebres, las ardillas, los erizos de monte, los gatos monteses que bajaban a merodear, las comadrejas, las ginetas o tejones que o bien se veían o dejaban su rastro. Y qué decir de las culebras, de las ranas ya calladas para siempre, de los sapos, de las tortugas que se veían cerca del rio, de las balsas llenas de renacuajos, de incluso alguna salamandra, o de las paredes llenas de salamanquesas a la caza de los insectos que merodeaban por la bombilla de la pared.
¿Y las aves? ¿Dios mío, y las aves? ¿Alguien ha vivido en el nacimiento de la Carrasca, entre Nogales, Pinos, Olmos y servales la fiesta de los paseriformes en pleno verano? Petirrojos, carboneros, herrerillos, acentores, ruiseñores, carracas capirotadas, piquituertos, caberneras y otros tantos, bañando sus plumas y bebiendo el agua fresca del barranco de Enmedio. ¿Dónde están ahora? ¿Se han marchado? No, si solo se oye el silencio es porque todos están muertos. Cárabos, autillos, búhos reales, y las lechuzas que anidaban en el campanario de la Iglesia de las monjas, que a media noche envestían contra las poblaciones de gorriones que vivían en las buganvilias de los patios o en los ficus de la glorieta; todas esas aves nocturnas, ya nadie nunca, las volveréis a escuchar. Carracas, oropéndolas, cucos, palomas zuritas, aguiluchos laguneros, cenizos o pálidos, bandadas de estorninos o de cernícalo primilla…… ya no vuelven a Totana, al igual que no vuelven las zancudas rupestres, ni chorlitejos, ni avefrías ni los asustadizos alcaravanes…hasta los vencejos, aviones, golondrinas y los mismísimos gorriones, están disminuyendo a pasos agigantados.
Sus casas ya no están, los cielos están contaminados, los suelos llenos de plásticos para sembrar las cosechas de verano y las fuentes de agua secas o encauzadas. No hemos dejado ni el más mínimo resquicio para que cientos de especies que hace 40 años vivían con nosotros tengan la mínima posibilidad de seguir haciéndolo.
Los que cazaban caberneras, con el visco o con las redes japonesas, han tenido que cambiar su afición, ya que las fumigaciones intensivas no dejan que ningún ser vivo osé a habitar entre ellos. ¿Alguien se ha metido en medio de un parral, al mismo tiempo que están atomizando fitosanitarios? ¿O ha paseado junto a un bancal de brócoli, cuando lo rocían para ponerle freno a los hongos?
Los mares, los ríos, el aire, el suelo y hasta el propio subsuelo están repletos de residuos humanos que los ecosistemas no pueden digerir. Ya solo nos quedan los inmutables supervivientes que han sabido aprovechar “la fragilidad de otras especies” para campar a sus anchas. Moscas, cucarachas, tórtolas turcas y algún otro superviviente. ¿A alguien se le ocurre una alternativa para revertir esta situación?